La crisis venezolana, lejos de resolverse, ingresó en lo que analistas describen como un “nuevo paradigma”, un escenario donde las viejas categorías con las que se intentaba explicar al país ya no alcanzan para comprender su dinámica política, económica y social. Venezuela vive una etapa marcada por transformaciones profundas, contradicciones internas y un reacomodamiento del poder que aún no define su rumbo definitivo.
En el plano político, el país atraviesa un desgaste evidente del modelo chavista-madurista, que intenta sostenerse con un aparato estatal cada vez más dependiente de controles territoriales, alianzas militares y pactos de supervivencia antes que de una legitimidad social robusta. A pesar de la fragmentación opositora, el oficialismo ya no logra proyectar una hegemonía clara y enfrenta fisuras internas que se acentúan a medida que las condiciones económicas se deterioran.
La oposición, por su parte, vive entre la dispersión y la búsqueda de nuevas estrategias. Los liderazgos tradicionales perdieron fuerza, y fragmentos del antichavismo intentan construir caminos alternativos que combinen presión internacional, participación electoral y movilización ciudadana. Sin embargo, las divisiones y la falta de un proyecto común dificultan la consolidación de un polo opositor capaz de enfrentar al gobierno con cohesión.
En este contexto, surge un tercer actor: la ciudadanía que ya no responde de manera lineal a los polos político-ideológicos. El éxodo masivo, la adaptación económica mediante remesas, la economía dolarizada de facto y las redes informales de supervivencia configuraron una sociedad distinta, más desconfiada, más pragmática y menos alineada con las narrativas oficiales o opositoras. Esa transformación social es clave para entender por qué las viejas categorías parecen insuficientes.
En el plano económico, el país opera bajo un sistema híbrido donde conviven la dolarización informal, la intervención estatal, las zonas económicas especiales y un mercado interno profundamente desigual. La economía resiste por mecanismos de emergencia y por el ingreso externo, pero no logra recomponer una estructura productiva capaz de sostener un futuro estable. Este modelo improvisado, sostenido por sectores militares, empresarios aliados y redes informales, refleja la falta de un proyecto económico coherente.
A nivel internacional, Venezuela se mueve entre alianzas estratégicas que garantizan apoyo político —como las que mantiene con potencias extrarregionales— y negociaciones más pragmáticas que buscan alivio económico o reconocimiento diplomático. La política exterior se volvió un equilibrio delicado que intenta evitar el aislamiento sin ceder el control interno.





