El entendimiento bilateral firmado entre Argentina y Estados Unidos hace tres meses y revelado recientemente expone un esquema arancelario excepcional, compromisos laborales y un alineamiento explícito frente a China. Entre negociaciones tensas, alarmas de bomba y cálculos políticos, la sintonía personal entre Javier Milei y Donald Trump se traduce en el movimiento económico más ambicioso de la relación reciente.

El acuerdo, cerrado en Washington y mantenido en estricta reserva durante semanas, busca reposicionar a la Argentina dentro de la estrategia comercial estadounidense. Aunque el texto ya está consensuado, su aplicación dependerá del proceso jurídico en ambos países y del momento que Trump elija para activar cada capítulo. La Casa Blanca conserva la potestad de poner en marcha el convenio de forma escalonada y según conveniencia política.

El documento establece un arancel general del 10%, pero mantiene niveles mucho más altos para sectores considerados estratégicos por Estados Unidos. El acero y el aluminio, por ejemplo, seguirán enfrentando un gravamen del 50%, en línea con la política industrial norteamericana. Aún quedan dos productos bajo análisis técnico, cuyos detalles se mantienen en reserva, pero que podrían tener un impacto significativo en el perfil exportador argentino.

En el plano laboral, Argentina asume el compromiso de reafirmar los derechos internacionalmente reconocidos y prohibir la importación de bienes producidos mediante trabajo forzoso u obligatorio. Este punto refleja la convergencia diplomática con Washington y acompaña la visión de la administración Trump sobre estándares productivos globales.

El acuerdo también dedica un párrafo a cuestionar la “matriz productiva de Beijing”, una señal política deliberada en plena disputa comercial global. Aunque no menciona acciones concretas contra China, el texto deja claro el alineamiento argentino con la estrategia norteamericana de contención industrial y tecnológica.

Las negociaciones estuvieron marcadas por episodios sensibles. Una alarma por amenaza de bomba obligó a evacuar temporariamente una de las reuniones en Washington, lo que añadió tensión a un proceso ya atravesado por el contexto de nuevos aranceles estadounidenses anunciados el 3 de abril. Aun así, la delegación argentina logró cerrar el texto en plazos acelerados, aunque el anuncio público se demoró hasta que Trump eligiera el momento adecuado.

La lectura política es inevitable: el acuerdo consolida la afinidad personal entre Milei y Trump y proyecta un mensaje de alineamiento estratégico. Para Argentina, representa la posibilidad de abrir mercados y atraer inversiones, pero también implica riesgos diplomáticos y comerciales frente a otros socios globales. Para Estados Unidos, supone sumar un aliado ideológico en el Cono Sur en un momento de redefinición de su postura internacional.

La implementación dependerá ahora del ritmo que imponga Washington. Mientras tanto, el Gobierno argentino se prepara para un viraje profundo en su política exterior, donde la relación personal entre presidentes se convierte en un factor decisivo para la orientación económica del país.

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