Una gran exposición en España rescata del olvido a Maruja Mallo, figura clave de la Generación del 27 y pionera del surrealismo, cuya obra floreció durante su exilio de 25 años en la Argentina.

Maruja Mallo (1902–1995), nacida Ana María Gómez González, fue una de las artistas más innovadoras y transgresoras del siglo XX. Integrante de la Generación del 27 y amiga de figuras como Salvador Dalí, Federico García Lorca y Pablo Neruda, su vida y obra desafiaron las convenciones de su época.

Con la llegada de la Guerra Civil Española, Mallo se exilió en Buenos Aires, donde residió durante 25 años. En la capital argentina, no solo continuó su producción artística, sino que también vendió y expuso gran parte de su obra, dejando una huella significativa en el ámbito cultural local. Su estilo, caracterizado por un realismo mágico, figuras geométricas y una épica femenina, se consolidó en series como Verbenas y Estampas, donde retrataba escenas de carnaval y símbolos populares con una perspectiva única.

A pesar de su talento, la figura de Mallo fue en gran medida olvidada, tanto en España como en Argentina, reflejo de un mundo del arte que históricamente ha marginado a las mujeres. Sin embargo, una reciente exposición en el Centro Botín de Santander y próximamente en el Museo Reina Sofía de Madrid busca reivindicar su legado. La muestra, la más completa hasta la fecha, incluye obras prestadas por museos argentinos y coleccionistas privados, evidenciando la importancia de su etapa en el exilio .

La investigadora Claribel Terré Morell, autora del libro Traidores del arte, destaca que durante su estancia en Buenos Aires, Mallo vendía sus obras en lugares como el Hotel Alvear y casas de decoración, lo que ha generado un mercado de piezas atribuidas a ella cuya autenticidad aún se investiga.

Maruja Mallo fue también una de las fundadoras del movimiento «Las Sin Sombrero», un grupo de mujeres intelectuales que desafiaron las normas sociales de su tiempo. Su vida estuvo marcada por la bohemia y la creatividad, y su legado artístico comienza a recibir el reconocimiento que merece, devolviéndola al lugar central que siempre le correspondió en la historia del arte.

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